La coalición de la caverna

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Una derecha reaccionaria y totalitaria puede parecer un pleonasmo. Porque la derecha política, desde los tiempos de la Revolución Francesa, cuando hizo su aparición en la escena pública, conceptualmente, definió a las fuerzas que representaban la “”reacción” a la Revolución, la oposición a quienes se ubicaban en el ala izquierda de la Asamblea Nacional o el parlamento francés.

Dos siglos después de su irrupción, la definición de “derecha” ha tenido evoluciones y ha adquirido múltiples matices. Norberto Bobbio, aquel lucido profesor italiano, defendiendo la validez y utilidad explicativa de los conceptos, “derecha” e “izquierda”, en el mundo político contemporáneo, advertía, que así como es menester distinguir una izquierda autoritaria, de una democrática, también, es aconsejable diferenciar una derecha totalitaria de otra democrática. Y el carácter democrático en ambas orillas deriva del respeto al Estado Social de Derecho.

Esa derecha totalitaria o reaccionaria es la que pretende configurarse en coalición para las presidenciales del 2018 en cabeza del Ex Presidente Álvaro Uribe. Eso es lo que significa el reciente anuncio de su alianza con un pusilánime como Andrés Pastrana y con la entusiasta manifestación de apoyo de dos caracterizados conservadores duros como Alejandro Ordóñez y Marta Lucía Ramírez. Sería la coalición de la caverna.

Una alianza política que en principio se fraguó para sabotear el Acuerdo de Paz con las FARC y atajar sus desarrollos progresistas desde la campaña del NO en el plebiscito, pero que ha desnudado sus verdaderos alcances: volver trizas todo lo que amenace su nostalgia por un orden jerárquico, señorial, patriarcal y confesional. Volvernos trizas a quienes estamos por fuera de su estrecha órbita del poder y sus privilegios. Y para ello le torcerán el pescuezo al Estado de Derecho, si es necesario.

Uribe y compañía se oponen al proceso de paz por razones ideológicas que poco tienen que ver con un concepto moderno de justicia. Saben que las FARC expresaron violenta y despiadadamente el conflicto por la tierra, derivado de su también apropiación despiadada y mafiosa por las élites tradicionales que el Uribismo representa. Porque su totalitarismo no les permite soportar en la arena política opiniones distintas a la suya, y mucho menos a unas FARC que, así sean desarmadas, defiendan un proyecto socialista. Y porque le tienen pavor a una justicia especial que revele porciones de verdad histórica que los ponga al descubierto sobre su compromiso directo en los horrores de nuestra violencia política.

Pero los uribistas y compañía quieren más. Se proponen detener cambios profundos que nos acerquen aún más, a una sociedad moderna e igualitaria y a un Estado Laico, que garantice las libertades públicas. Pretenden desmantelar todo lo que la sociedad colombiana ha avanzado en esa perspectiva:

Los derechos adquiridos por la población LGBTI, los derechos colectivos de indígenas y afrodescendientes a la tierra y su cultura, los derechos de las mujeres a disponer de su cuerpo en los términos establecidos por la Corte Constitucional. Los derechos de los ciudadanos, incluyendo los ateos y gnósticos, a la libertad de cultos y creencias. Los derechos de las víctimas a la restitución plena de sus derechos, sobre todo aquellas, que fueron despojadas a sangre y fuego por quienes el Uribismo representa políticamente. Y todos los derechos que nos trajo la Constitución de 1991.

Lo novedoso de esta coalición de la caverna es que se exprese públicamente y sin ningún ropaje o apariencia democrática. Quizás desde los tiempos de Ospina Pérez y Laureano Gómez, en la segunda mitad del siglo XX, cuya oposición a las reformas liberales nos condujo al laberinto de violencias que aún no cerramos, no veíamos una derecha totalitaria activa y sin reato, desplegando su vocación de poder institucional. Esa derecha dura existía larvadamente en los entresijos de nuestro sistema político, actuando detrás de sus ejércitos ilegales o escondidos en la medianía babosa del Frente Nacional bipartidista. Ahora, los tenemos con rostro y sin Vergüenza.

La antítesis de esa derecha recalcitrante personificada en Uribe y sus súbditos y contertulios no está por los lados de otra derecha igualmente dura, aunque proveniente de los aposentos de la aristocracia bogotana representada en Vargas Lleras. Está más bien en las orillas de la política independiente, decente y democrática.

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