La grata sorpresa que me dieron las Farc

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Una grata sorpresa. Eso fue lo que me quedó luego del encuentro que sostuve con miembros de la delegación de paz de las Farc en La Habana. Primero, con “Carlos Antonio Lozada”, y luego con “Pablo Catatumbo”, “Joaquín Gómez” y “Rodrigo Granda”, pude apreciar de primera mano cómo encaran su irreversible paso a la vida civil. Fui con el senador Jorge Iván Ospina y los integrantes del Comité Ejecutivo de la Alianza Verde Carlos Ramón Gonzales, Diego García y Jorge Guevara. Por vez primera, desde la instalación de la Mesa de Diálogo en la Isla, sostuve una reunión oficial con esta organización guerrillera.

Digo que fue una grata sorpresa porque pude constatar que esta vez, por fin, estamos próximos a un acuerdo final entre el Gobierno y las Farc; que el alzamiento armado iniciado por Manuel Marulanda y un puñado de campesinos en las zonas de Marquetalia, Riochiquito, Guayabero y El Pato por allá en 1964 está por terminar. También, que el presidente Juan Manuel Santos y “Timochenko”, y sus respectivos equipos negociadores, están a punto de lograr lo que no se pudo en los fracasados diálogos de los gobiernos de Belisario Betancur, César Gaviria y Andrés Pastrana; que las Farc están empleándose a fondo por finiquitar y pulir el acuerdo; y que, con igual entusiasmo, preparan su ingreso a la lucha política legal.

En las pocas horas que conversé con Catatumbo y Lozada, pude apreciar que las Farc están haciendo su propia mutación, como la vivimos quienes hace 22 o 25 años tomamos la decisión de abandonar la lucha armada. Escuché atentamente un discurso político lejano de los manuales de la ortodoxia marxista, pero todavía receloso de unas élites políticas y económicas poco generosas con las transformaciones que ellos consideran se requieren en el país.

También percibí la sensación de vértigo que les produce el tránsito a una vida civil plagada de riesgos e incertidumbres. Sobre todo porque no olvidan ni un segundo la masacre de la Unión Patriótica, su experimento político que terminó en un baño de sangre. Pero ese vértigo parece pequeño ante el entusiasmo con el que asumen el paso a la civilidad.

Es indudable el abandono de la combinación de todas las formas de lucha por parte de las Farc. Sentí que llegaron a la decisión de La Paz con la certeza de haber hecho a fondo, y hasta sus más tenebrosos límites, una guerra que no pudieron ganar. Pero también que tienen la idea de que el Estado tampoco los pudo liquidar por la vía militar, como ellos mismos dicen que reconocen los mandos militares con quienes se han encontrado cara a cara en La Habana.

Haber llegado a ese límite constituye, a mi juicio, una poderosa fuerza para no devolverse. Sentí que no quieren volver a encontrarse con el rostro de dolor que se recibe o se produce en un conflicto que atropelló la dignidad humana. En sus palabras, sienten la pena de las víctimas que produjeron y dicen estar listos para la verdad, la reparación y la justicia transicional. Pero esperan también un contundente No Repetición para ellos.

Me quedó la impresión que estos cuatro años de diálogo con el Gobierno, con la comunidad internacional y con sectores de la sociedad colombiana han empujado esta suerte de mutación de las Farc. Quizás sea el poder de la ‘acción comunicativa’, como diría Habermas. Vehementes en la defensa de sus ideas, muchas todavía apegadas a su fundacional ‘programa agrario’ o a una izquierda sesentera, dejan ver un reconocimiento a los cambios que han vivido el país y el mundo, que exigen realismo y capacidad adaptativa.

Saben que el dilema político de la sociedad colombiana en el presente y futuro próximo no es entre opciones de izquierda o derecha, sino entre quienes están por la implementación de unos acuerdos que han de conducirnos a la reconciliación y quienes prefieren eternizar el uso de la violencia. Ellos quieren, así lo dijeron, como fuerza política legal, reclamar su propio espacio en la sociedad colombiana, pero sumarse sin prepotencias a un espacio de confluencia en favor de La Paz.

Me quedó también la impresión de que las Farc están tan comprometidas en lograr un acuerdo de paz que les permita venirse a la lucha política civil, que no han podido enterarse del todo del impacto del cambio climático y del calentamiento global sobre las sociedades contemporáneas. Y de la relación entre conflicto armado y ambiente en nuestros contextos.

También me quedó el sabor del desdén con el que miran la experiencia de paz de los noventas. Se sienten protagonizando un modelo distinto de reincorporación, sueñan con mantener en una especie de guetho a los desmovilizados abrazados por el colectivismo propio de las guerrillas y con convertir en expresión política la relación con su histórica base social. Y me temo que hay mucho de ingenuidad en ello.

Las experiencias del mundo y de Colombia de quienes han pasado de la lucha guerrillera a la civilidad advierten estas ingenuidades. Aún así, me quedo con la grata sorpresa. Y con la imagen de Catatumbo recibiendo amablemente nuestra camiseta por el Sí A La Paz.

*Concejal de Bogotá y copresidente de la Alianza Verde.

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