Preguntas al ELN

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El ELN se cocina en sus propios dogmas e indecisiones.

La Paz es la epopeya nacional de esta generación de colombianos. Es la idea movilizadora más importante de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Una epopeya comparable con la conquista de nuestra independencia de España. Es la oportunidad de abrir nuestros sistema político, sepultar por fin el monopolio bipartidista del debate público, superar los rezagos monarquicos y feudales del delfinazgo político y erradicar la sempiterna costumbre de las élites colombianas de perseguir violentamente o cooptar clientelistamente al opositor.

Por eso es inexplicable el pantano del que no logra salir el ELN con relación a La Paz. Resulta inevitable preguntar a los elenos, a su Comando Central, cuál será su posición sobre la refrendación de los acuerdos de La Habana. Porque luego del reciente pronunciamiento de la Corte Constitucional que avala el plebiscito por La Paz, los colombianos se enfrentarán a un dilema histórico : o se quedan anclados en un pasado de violencia política argumentando supuestas o reales imperfecciones de los acuerdos con las FARC o se la juegan por un presente y un futuro de una sociedad capaz de encarar sus conflictos políticos y sociales con el debate argumentado y la acción de las ciudadanías. Y no quiero imaginarme a los elenos al lado del Uribismo alegando que el pacto de La Habana no es La Paz. O diciendo olímpicamente que el triunfo del Sí no los compromete políticamente.

Inexplicable que los elenos no se suban al tren de La Paz, en momentos en que la movilización ciudadana revela su poder concertador o en el que se abren procesos de diálogo político y social, cuando ellos han insistido en una participación de la sociedad en la construcción de consensos que afecten variables asociadas la conflicto armado. La protesta popular reciente derivó en una mesa de diálogo social o la comisión de partidos políticos para una reforma política y electoral avanzan en la discusión de asuntos vitales para un postconflicto de larga duración. Para no hablar de los acuerdos en temas como la reforma rural, los derechos de las víctimas, el narcotrafico o la participación política de la sociedad en las zonas de conflicto que vincularán a la ciudadanía en la implementación de los mismos. Acaso estos escenarios no satisfacen la pretensión de que el proceso de paz sea un propósito más allá de un pacto entre Gobierno y Guerrilla, me pregunto.

Pero resulta más inexplicable esta silla vacía del ELN en la mesa de La Paz, si recordamos el más poderoso de su mito fundacional. El alzamiento armado que se hizo público con la toma de Simacota y su respectivo manifiesto, reveló la insubordinación de una generación al pacto excluyente del Frente Nacional. Una mezcla de marxismo Latinoamericano y liberalismo radical empujó a la lucha armada a jóvenes provenientes de militancias en la izquierda y a desencantados activistas del Movimiento Revolucionario Liberal. Pero en la historia del ELN pesa con mayor fuerza la figura de un Camilo Torres, sacerdote revolucionario, que además de romper los manuales de la ortodoxia marxista, creó y lideró una contestación popular a las élites con el emblemático Frente Unido. En momentos en que en el país es posible, a propósito de la coyuntura de un proceso de paz, la configuración de una confluencia por La Paz liderada por fuerzas políticas alternativas y de izquierda, el ELN se cocina en sus propios dogmas e indecisiones. Inexplicable.

El ELN ha dicho que no acepta imposiciones de la contraparte como explicación a la demora en la instalación de la mesa pública de negociaciones en Quito anunciada meses atrás. Que la suspensión del secuestro y la liberación de los secuestrados, es una condición inaceptable. Que ese puede ser un asunto a discutir en desarrollo de los diálogos. Háganme el favor. El ELN si pretende hacer parte de las fuerzas que empujarán transformaciones democráticas en la Colombia de hoy, debe hacer el gasto político que un desafío de ese tamaño exige. Si la lucha por el cambio es su razón de ser, le corresponde alinear sus tiempos políticos con los de La Paz del país. A no ser que el ELN todavía sueñe con una revolución negociada o que no le preocupe quedar del lado de quienes le disparan al proceso de paz. Espero que no. Los queremos del lado de la reconciliación nacional.

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